Miro
los colores, miro las palabras, miro las utopías, miro los binarios
y miro los cuerpos hermosos de sirenas que abandonaron los cuentos y
se sientan en las piedras moldeadas con manos bruscas y fuertes que
también saben dar una caricia tierna. Miro, además transformo y lo
hago en silencio.
Alfarero
del mundo, voy moldeando barro, voy esculpiendo la piedra más
“bronca”, voy poniendo un toque de alegría, un toque de
esperanzas a las tortugas que se mueren sin avanzar, poniendo ojos a
las plantas que sienten tanto como yo, pero no pueden ver el andar de
los sueños construidos de otros sueños que mataron a sus dueños.
Constructor artístico no cursi, no profesional, no perfecto, no
mejor que el peor de todos; pero sí el más de mi mismo, pero sí yo
mismo; el que nunca me robó una idea. El campesino que llora con la
lluvia, llora de alegrías con los cultivos verdes y también con los
que otros solo miran y no tocan.
La
lluvia es de todos, pero es mía por guajiro, es mía por artista, es
mía por político, es mía por científico, es mía y soy egoísta
con ella, no se la doy a nadie, no se la puedo regalar porque muero,
porque cae con gran estruendo y me moja los recuerdos, me chorrea por
las venas y cada gota se seca al aire libre. Se seca al sol intenso,
caricia cálida de un beso enamorado, de un beso de amor profundo
encontrado al azar al lado del metal fundido. En el filo del cuchillo
está el camino, lleno de baches y piedras sin esculpir, vacío de
colores alegres, o tristes, pero colores, lleno de utopías
escondidas entre los escombros de valores, vacío de unos y otros
ceros que salieron a pasear por el cielo, que no tiene huecos ni
obstáculos para avanzar; lleno de cuerpos hermosos que rellenaron
los dioses con materia putrefacta y desechos abandonados por las
rapiñas, vacío de palabras inteligentes que resuelvan los
problemas de la incomunicación de los idiomas extraños que exportan
sus méritos y sus tantos intereses de aprehender y de los dialectos
indígenas que recogen tanta cultura tirada por rincones.
Existe
la mano tendida para empujar al precipicio, está el opuesto a mis
razones de mantenerme en nada más. La sencillez raspa fuerte la piel
del soldado de la guerra interna. El cuerpo ha sufrido magulladuras
fuertes, moretones que sanaron con tolerancia o fomentos de agua
fría. No faltaron los nudillos propios o mis palabras escapadas de
la cárcel donde las guardaba para un momento crítico de estupor.
Salieron, es cierto, pero el control interno es tal que no salieron
más que las mínimas posibles, la represión es peor que la de Dios
con los pobres de hoy.
Ahí
estoy, en el camino, sino correcto, el mío; sino incorrecto, el más
difícil; sino el que prefiero, el que me alimenta. El camino de
sacar de todos los caminos, de estar en todos los caminos, un poco
compartiendo con la rosa y el romerillo, con el mar inmenso y el
arroyuelo que desaparece en Octubre y hasta Junio. Sin ser rey, la
nobleza me abraza; sin ser plebeyo, la plebe me alaba.
YCB 11/2004
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