Aquel día que salía el ómnibus no pensaba, aunque lo presentía, que unos días después mi vida estuviera en un vacío incómodo y perverso que me corroe las entrañas como el mar a las rocas. Hay tantas semejanzas en ese símil. Las rocas van dejándose penetrar hasta llenar el océano de sal que tan vital resulta, mi vacío se va llenando de amor que subliman mis entrañas cada minuto de tu ausencia temporal y no menos cruel que la huida involuntaria de un fruto mortal. Cada palabra que me llega, cuando al fin y en el momento más feliz de mis días sin ti, tengo al menos tu voz transformada por los conductores que tanto agradezco una vez al día; es el alimento más necesario para seguir viviendo. Ni los trabajos docentes, ni los políticos, ni siquiera los científicos, son capaces de hacerme olvidar tu figura; aquellas piernas suaves y firmes que son como un desierto que recorro ansioso de encontrar el oasis que me salve de la sed desesperante, el fin de tronco increíblemente desprovisto de aves silvestres revoloteantes y endémicas, mariposa que acaba de salir en busca de su única y anhelante flor, mostrando todas las caricias que aun faltan por entregar y las ya entregadas. Justo a la mitad, el rezago más ferviente de reproducción de semejantes, clavado en mi memoria, como nuestra cama del 14-105, o como la mesa de PC del 8-406, involuntarios implicados que serán citados en cualquier momento que sea necesario hablar de nuestro Adán y nuestra Eva o hasta de la Manzana y la Serpiente. Frutas de mi anhelo, jugosas, carnosas y hechas no más para disfrutar en noches de frío invierno o en el calor sofocante, ahí en mis ojos cerrados y en mis manos abiertas, como niño que se alimenta de las esencias de su madre tierna. Son delicados, exactos, irresistiblemente dulces, los labios cuando ríes, o cuando dejas escapar las palabras que siempre espero de ellos. Esos ojos profundos y sinceros, me enamoran como adolescente ingenuo y travieso, les huyo cuando recuesto mi cabeza sobre nuestra cama para no dejar los míos caer destilados sobre tu pequeña almohada convertida en aspirante número uno de mis noches restantes de vida, cuando no estés tú. Lluvia espléndida de ácido graso, oscura noche que invita al amor, a perderme navegando por las olas, convertirlas en marejadas peligrosas para infantes desconfiados. Todas las divisibles eucariotas van entrando en acción y sin broma por medio van dejándose arrastrar hasta la más intensa de las cataratas.
No niego que el sol se escondió en algún momento, como en el maratón puede ser aburrido ganar una gran ventaja, pero resulta como una corriente de claro río cuando se lleva una pequeña hoja que ha caído vencida por el tiempo desde la rama de un viejo roble. Pero si la corriente de río revuelto trae ramas y gajos, o en la carrera ves que se acerca un corredor cuando la meta se aleja, cuando quieres seguir corriendo para disfrutar la dicha de sentir la victoria, la dulce victoria, con la inmensa autosuficiencia libre para el alma, entonces cae la tarde. Mientras se acelera la sangre, se pone el extra de los campeones y se entrega el corazón, el corredor persiste e insiste y no está la meta, está la pista abierta para seguir corriendo desenfrenadamente hasta sentir nuevamente la tranquilidad de la amplia ventaja, hasta sentir que la tormenta no fue más que una lluvia de verano, que nuevamente sale el sol y el río se empeña en hacer navegar la pequeña hoja de roble.
Algún contacto tenemos con la matemática así que vayamos a los números; un sexto de tiempo es como un día, más unas horas, en una semana; es como 5 días de un mes, mas si son 6 los meses, llegamos a un ciclo lunar sin beber de la miel de tus labios, sin degustar del sabor a ti.
No me preguntes cómo, pero estuve caminando sobre el torrente desmedido de las penas más profundas de la vida, la tristeza de pensar en la dicha de amarte de carne y hueso, y saber, creer, pensar, que hay otro Dios que, no se cómo ni por qué, trata de imponerse al tuyo que acepté y más, egoístamente atesoré para mí. Yo sé que el Dios que une y gobierna entre los hombres y mujeres, tiene objetivos y razones, hechos y desechos que nadie quiere pero todos aceptan. Solo te pido, amor, que eches a volar y vengas a mis brazos a decirme cuanto desecho ha traído tu Dios antes de ser nuestro, cuanto desecho puede haber creado otro Dios que no tiene nada que ver con el nuestro, pero sobre todo quiero que alabemos, como los mayores teólogos del mundo, a nuestro verdadero creador y guía.
Cada vez que cae la tarde ya pensamos en la siguiente mañana, nuevos pichones que aprenden a volar, nuevas tortugas que salen de sus huevos e instintivamente cada una, abriéndose paso entre la multitud, lucha por su existencia, transitando hacia el inmenso mar; nuevas historias que quedarán grabadas en las mismísimas entrañas de la vida y el planeta.
Aun no amanece, pero ya diviso el resplandor de un amanecer eterno, un amanecer de gorriones que no cesarán de expandir sus alegrías por el viento que llevará sus mensajes de optimismo a los confines de los reinos desconocidos y prepotentes, los cuerpos, los huesos calcificados modestamente, la sabia agreste de los héroes más victoriosos, los fetos que ven la luz formados en tiempo, tus ojos, mis manos, la vida eterna.
Ese día que llegue el ómnibus no recordaré, aunque lo sentiré, que unos días antes escribía esta epístola al recuerdo de mi amor ausente.
YCB 29/09 - 06/10 2005
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